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Opinión

Ídolo con pies de barro

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A sus 78 años, Oscar Arias Sánchez, es duramente acusado por varias mujeres.

Los jueces se quieren morir. Hay que tener mala suerte para que un día  que parece tan rutinario como cualquier otro aparezca un abogado con una demanda contra un ex presidente de la Nación y Premio Nobel de la Paz por conducta sexual inapropiada.

A sus 78 años, Oscar Arias Sánchez  era, hasta hace unos días, la referencia más alta que Costa Rica tenía de todo lo bueno.

Economista, politólogo ,abogado y empresario, se alzó en 1987 con el galardón que antes habían levantado Martin Luther King y la Madre Teresa de Calcuta, al ser considerado “arquitecto principal del plan de paz”, firmado por cinco presidentes centroamericanos.

Semejante reconocimiento hizo de él una suerte de estatua viviente y un motivo permanente de orgullo para cualquier costarricense.

No sólo quienes tienen que velar por el cumplimiento de la ley; también los simples ciudadanos  están desconcertados y no saben qué hacer con la admiración que cultivaron durante tantos años por una persona que a la par de su esforzada y altruista labor pública parece haber actuado puertas adentro con absoluto desprecio por una media docena de mujeres que se cruzaron en su camino.

Los relatos de sus presuntas víctimas son coincidentes en la cuestión central: el ex mandatario eludió cualquier intento de seducción para pasar directamente a la acción, ignorando los deseos, actitudes y expresiones verbales de sus interlocutoras.

La denuncia original es de Alexandra Arce von Herold, médica psiquiatra, pacifista y activista antinuclear.

Revelar que la había tomado –sorprevisamente, por detrás  y manoseado-,  le llevó algo más de cuatro años. La presentación judicial es de hace unos días y el episodio narrado se registró  el primer día de diciembre de 2014. En términos parecidos se manifestó la ex Miss Costa Rica 1994, Yazmín Morales.

Ella tuvo una dificultad adicional. Los primeros cuatro abogados  que visitó rechazaron  representarla  y algunos le hicieron notar que estaba a punto de meterse en camisa de once varas y que lo mejor era  cerrar la boca.

La médica y la modelo admiten que no se hubieran animado a revelar la conducta de Oscar Arias Sánchez, de no ser por la existencia de movimientos como el Me Too y de la conciencia planetaria que han ayudado a crear.

Como ha ocurrido ya con actores populares y queridos, mucha gente se resiste a creer que un personaje  revestido de tantas virtudes pueda ser un sujeto despreciable.

En el caso del costarricense  esa sensación se ve incluso aumentada por su condición de  Nobel de la Paz. Salvo contadas excepciones, el premio sueco que  adjudica el comité noruego, confiere a quienes lo reciben  un destino de estatua.

En el discurso de aceptación, el hombre que vive un presente de pesadilla, dejó para la posteridad una pieza que se estudia en los colegios de su país. Ante una audiencia cautivada por su sensibilidad y elocuencia, llamó a las grandes potencias a que  “apoyen las fuerzas de paz y no las fuerzas de guerra en nuestra región. Envíen a nuestros pueblos arados en lugar de espadas, azadones en lugar de arpones. Si ellos, para sus propósitos, no pueden abstenerse de acumular armas de guerra, entonces, en el nombre de Dios, por lo menos deberían dejarnos en paz”.

Esa imagen de estadista se hizo trizas por detalles más o menos escabrosos  revelados por las periodistas Eleonora Antillón, Emma Daly y Mónica Morales. Como así también por Marta Araya, editora del libro “Con velas, timón y brújula”, que Arias Sánchez publicó en 2012.

La decepción es de tal magnitud que muchos se obstinan en imaginar conspiraciones o esperan  que  alguien con autoridad  diga que todo es mentira.

Cualquier cosa que les permita seguir creyendo en los libros de historia  que (todavía)  hablan del 7 de agosto de 1987, como el  histórico día del cese el fuego en la región, bajo la sombra del acuerdo Esquipulas II y de su mentor, el intachable Oscar Arias Sánchez.

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