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Opinión

Política esquina economía

La guerra comercial también tiene botón rojo y China amenaza

El país asiático es el mayor acreedor de EE.UU. Ayer, en medio de los castigos tarifarios, insinuó que podría vender los bonos del Tesoro en su poder. Sería una gran crisis. 

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Trump y Xi Jinping, presidentes de EE.UU. y China (Foto: Archivo)

Como sucedía en la Guerra Fría, donde la nomenklatura soviética y el gobierno estadounidense tenían cada uno un botón rojo que podía desatar la mutua destrucción nuclear, en la guerra comercial entre China y Estados Unidos también hay un botón rojo: pero lo tienen sólo los chinos.


El tema es muy conocido. Desde 1985, China exporta a Estados Unidos mucho más de lo que importa desde él. En estos 34 años los chinos acumularon billones de dólares. Invirtieron a raudales. Pero aún así les sobraban. Entonces, con parte de las sobras compraron bonos del Tesoro de los Estados Unidos, es decir, papeles que representan una deuda de la economía más grande del mundo. Hoy los chinos tienen 1,2 millones de millones de dólares en esos bonos. Más de tres productos brutos internos de la Argentina. Son el mayor acreedor soberano de Estados Unidos.


Ayer, en medio de la recalentada guerra comercial entre ambos países, el editor jefe de un importante diario estatal chino (de esos que no publican una coma sin que lo decida la cúpula del Partido Comunista Chino) emitió un tuit según el cual académicos chinos discutían la posibilidad de que el país se desprenda de los bonos estadounidenses y cómo podrían hacerlo. 

El sueño húmedo del antiimperialista

La amenaza implícita es obvia: si de golpe China inundara los mercados con los pagarés estadounidenses que tiene en la caja fuerte la oferta de esos papeles crecería de tal modo que su valor se hundiría rápidamente. El temor de inflación se dispararía, pero no por una economía recalentada, sino por la fuerte devaluación del dólar que todos esperarían. Podría producirse una fuerte caída de la confianza mundial en Washington. Los antiestadounidenses más fanáticos sueñan con ver el día después de lo que imaginan como la caída definitiva del imperio americano.


Fue una escalada más. La semana pasada, el presidente Donald Trump enfureció cuando supo que los compromisos asumidos por China en unas negociaciones que iban bien no saldrían por ley sino por decretos y resoluciones de menor solidez legal. Entonces subió los aranceles de 10 a 25% para importaciones chinas por más de 200 mil millones de dólares. Y amenazó con un arancel de 25% a bienes y servicios que hoy no tienen gravamen y que mueven 300 mil millones al año.


Ayer China contraatacó y anunció subas de hasta 15 puntos en aranceles sobre ventas estadounidenses por 60 mil millones de dólares. El anuncio impactó con fuerza en el mundo. Cayeron acciones, commodities y bonos. No es para menos. Son las dos economías más grandes del mundo. El cierre del mercado estadounidense podría significar tarjeta roja para miles de manufactureros chinos que hoy componen la parte central de la línea de montaje industrial global que hay en el mundo.


La soja, lo que más le importa a un país insular y ensimismado como la Argentina, la soja volvió a perder en Chicago otro 0,75% y encontró su menor valor en casi 11 años.

Destrucción mutua garantizada

A eso se sumó el tuit sobre los bonos estadounidenses. El botón rojo. Sin embargo, los mercados no se conmovieron demasiado. ¿Por qué? Bueno, en efecto, la situación es tan similar a la de la Guerra Fría que, también acá, si China disparara sus bombas en forma de bonos del Tesoro de EE.UU. se causaría un enorme daño a sí mismo, del mismo modo que la Unión Soviética o EE.UU. se hubieran destruido recíprocamente fuera quien fuera que iniciara el conteo final.


De hecho, China vino acumulando esos bonos precisamente para sostener su competitividad y poder vender mucho en Estados Unidos. 


China es básicamente manufacturera y orientada a la exportación. Sus exportadores reciben dólares por lo que venden a EE.UU., pero necesitan renminbi o yuanes para pagar sus insumos locales y salarios. Para eso venden sus dólares a cambio de yuanes. 


Pero eso incrementa la oferta de dólares en China y sube la demanda de yuanes. Si el Banco Central chino no interviniera hace rato que las exportaciones chinas hubieran perdido competitividad por una caída en el tipo de cambio. Lo que hace el Banco Central chino desde hace décadas en forma sostenida para crear una artificial escasez de dólares y una artificial sobreabundancia de yuanes es comprar dólares con yuanes. Así, el yuan se mantiene barato, el dólar caro y se puede seguir exportando sin límites a Estados Unidos. 


El fenómeno debería crear inflación. Y la crea. Pero la economía y la política centralizada china permite disciplinar a la población y mantenerla con salarios en dólares menores a los que podría ganar y una red de subsidios para compensar en parte esa expropiación de valor que se practica sobre la gente para financiar la meta de alcanzar la hegemonía mundial.

Qué hacemos con los dólares

Ya tenemos al Banco Central chino empachado de dólares. En 2018 tenía 3,3 billones de dólares (unos 9 PIB argentinos). Y también tiene euros y yenes ¿Qué puede hacer con ellos? Al menos a una parte los tiene que invertir. Si no, pierde plata. ¿Y en qué invierte un banquero central? No va a andar jugando a la ruleta. Tiene que invertir en lo más seguro del mundo, aunque por eso tenga aceptar un rendimiento muy bajo. Lo primero en esa lista de activos seguros son los bonos estadounidenses. Y por eso los compra.


De paso, sucede algo maravilloso. Con buena parte de los dólares que China le presta a Estados Unidos, ¿qué hacen los Estados Unidos? Pues financian la compra de productos chinos, las inversiones de empresas estadounidenses en China y muchas otras cosas, todas beneficiosas para China.


Entonces, ¿qué pasaría si de un día para el otro China apretara el botón rojo y vendiera en forma masiva los bonos estadounidenses? Bueno, por empezar el dólar perdería buena parte de su valor. Y a los estadounidenses ya no les resultaría tan barato comprarles a los chinos. Es el mismo efecto que tienen los aranceles que impone Trump.


En el reverso del mismo proceso, los yuanes se encarecerían en relación al dólar y, probablemente, en relación a otras monedas. A los exportadores chinos les resultaría más difícil vender a Estados Unidos y tal vez a muchos otros países.


China podría terminar forzándose a sí misma a dejar de estar basada en las exportaciones, a comenzar a crecer en base a su mercado interno y a terminarla con su política de ganar competitividad manipulando las ofertas y demandas de dólares y yuanes, es decir devaluando. Y todo eso junto es, en el fondo, lo que Estados Unidos quieren (y también Europa y el resto de los desarrollados, aunque hagan menos alharaca que Trump).

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