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Superfinal Capítulo 1Superfinal Capítulo 1

Superfinal Capítulo 1

Superfinal de América

Entre el temor y la ilusión, paremos la pelota

Lo que soñaban algunos y lo que muchos otros temían se hizo realidad: Boca y River estarán frente a frente para definir la Copa Libertadores. Ante tanta fricción, hay que meter el freno.

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 El Muñeco y Guillermo, en un abrazo amistoso antes de un clásico.
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Lo que soñaban algunos y lo que muchos otros temían, se hizo realidad: Boca y River estarán frente a frente para definir la Copa Libertadores por primera vez en su historia.

Durante estos interminables días previos, en el hincha de River y en el de Boca conviven en un mismo cuerpo la ilusión y el temor. Esa ilusión y ese temor que son hijos de la pasión.

En nombre de la pasión se hacen tantas cosas, de las buenas y de las otras, que me pareció oportuno buscar una definición en el diccionario para atraparla en palabras: Pasión: sentimiento vehemente, capaz de dominar la voluntad y perturbar la razón.

El recordado y mítico José María Muñoz comenzaba sus vibrantes  transmisiones con aquello de: “Futbol: Pasión de multitudes”.

Ante la inminencia de este histórico Boca-River o viceversa, la pasión se multiplica a niveles de locura.

El voucher, el comprobante, el ticket de la ilusión tiene una fecha establecida para canjearlo por un destino de alegría inconmensurable e ilimitada.

El 24 de noviembre, después del segundo partido y a un mes exacto de la Nochebuena, el sueño del hincha es que Papá Noel le adelante el mejor de los regalos, con forma de Copa Libertadores de América.

Ganar implica la esperanza de sentirse el mejor, de inflar el pecho a más no poder.

Ganar significa obtener un abono sin vencimiento para cargar al hincha rival por los siglos de los siglos.

Quedarse con la Copa conlleva la posibilidad de tatuarse una sonrisa en el alma, que durará mucho tiempo.

Quedarse con la Libertadores frente al rival de siempre será la epopeya, la épica, la mayor hazaña vestida de rojo y blanco o de azul y oro, según el caso.

El temor, en cambio, pasa por las nefastas consecuencias que el hincha imagina en caso de perder.

En este país exitista hasta la crueldad, el miedo a perder paraliza.

Para muchos hinchas perder es una catástrofe y no una posibilidad del juego.

Para los fundamentalistas del resultado, perder es el oprobio y la mayor vergüenza.

En el colegio y en la oficina, el lunes será más lunes y más difícil de soportar.

Se puede afirmar que como sociedad  generalmente somos malos perdedores, que  no sabemos aceptar con grandeza la derrota.

Respondemos con excusas o con violencia.

Siempre habrá un pero, una confabulación, un árbitro, un VAR o alguna sinrazón que no nos permita reconocer que el otro fue mejor.

Todavía nos sentimos perseguidos por la injusticia cuando recordamos con rencor al árbitro mexicano Edgardo Codesal y el penal dudoso de Sensini a Voellerque que le dio el título a Alemania, en Italia 90 , mientras olvidamos que en todo el partido nuestra Selección ni se acercó al arco germano.

Pero reivindicamos y no enorgullecemos del gol con la mano de Maradona a los ingleses en el 86, a la que bautizamos “La Mano de Dios”.

El periodismo, que potencia a héroes y villanos, profundizará la herida.

Las redes y sus  irónicos memes, harán otro tanto.

Los mensajes mediáticos y virales,  agresivos e irracionales, nos bombardean a cada minuto, contribuyendo a esta locura colectiva.

Hablan de la gloria o Devoto. Todo o nada. Vida o muerte.

Todo invita a hacernos creer que “si ganás sos Dios, pero si perdés no existís”, en un contexto de país donde la desmesura y la ciclotimia son moneda corriente.

En un fútbol argentino en el que abunda la histeria y la trampa, donde la actitud más común es simular, quejarse y reclamar, por aquello que “el que no llora, no mama”.

Donde culturalmente parece haberse impuesto la falacia sin escrúpulos del "ganar como sea".

En una sociedad apasionada por dividir, más que por sumar, el superclásico parece hecho a la medida.

Por eso, ante tanta pasión, es necesario un poco de racionalidad.

Por eso, ante tanto vértigo, vale la pena intentar parar para ver.

Por eso, ante tanta fricción, hay que meter el freno para hacer un cambio de frente que limpie el campo y libere los espacios.

Hay que levantar el faro, como relataba el Maestro Rubén Torri, mirar el panorama y observar más allá de nuestras narices.

Acudir a verdades de perogrullo, al extraviado sentido común.

No arruinemos lo que debe ser una fiesta.

No nos olvidemos de disfrutar, lo que se pueda disfrutar.

El temor y la ilusión son parte de esa pasión, es verdad.

Pero el fútbol, como espectáculo, como negocio, como divertimento, como pasión, está para mejorar nuestras vidas.

La adrenalina, la emoción, la sensación de gritar un gol, de abrazarnos a gente querida o desconocida compartiendo un mismo sentimiento es inigualable.

La sensación de plenitud de sentirte campeón es lo más cercano a la felicidad.

Las cosquillas en la panza frente a un partido único no tienen explicación lógica.

El orgullo de sentirte parte, de identificarte con un color, de conmoverte por un futbolista por su entrega o por su arte con la pelota.

El sumar y dividir hasta con los dedos para ver si nos salvamos o no del descenso.

Esa sensación que los minutos son eternos cuando ganas 1 a 0 y nos cascotean el rancho y  el ruego para que el árbitro nos otorgue un millón de minutos de descuento cuando perdés y lo podés empatar.

Eso es el fútbol.

Eso es lo que siente el hincha, químicamente puro, que pintaba  Enrique Santos Discépolo su película de los años 50.

El hincha, el verdadero hincha, no los mercenarios barrabravas, mantiene la inocencia y el candor infantil que perdimos en algún lugar.

El hincha, el verdadero, el auténtico, sabe que la ilusión es un combustible reciclable.

Que aunque reneguemos del club, de los jugadores y del destino, el vínculo que nació en la niñez con esa camiseta es irrompible, inoxidable, incondicional.

Que ningún dolor, ninguna derrota es para siempre.

Que no se termina nada.

Que se puede volver a empezar.

Que el fútbol, como la vida, siempre da revancha.

Por eso, ante tanto temor, tanta ilusión, tanta pasión de millones de sufridos hinchas: es hora de parar la pelota.

En esta previa donde todos se tiran de cabeza y con los tapones de punta, es el momento de poner la redonda bajo la suela, afirmarla contra el piso y salir jugando con la cabeza levantada.

Paremos la pelota, para que el vértigo no nos lleve puestos.

Paremos la pelota, para bajarnos de la locura y tener una fiesta en paz.

Paremos la pelota, para intentar disfrutar de esta loca y hermosa pasión llamada fútbol.

Paremos la pelota, sin dejar de soñar y de sentir que ahora viene lo mejor…

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